5 ene 2010

Niña de pura y despejada frente,
¡la de ojos que sueñan maravillas!
Aunque el tiempo aquel ya no este presente
y estemos alejados en la vida,
habrás de sonreír enamorada
al buen regalo de este cuento de hadas...

Yo no he visto tu faz resplandeciente,
ni he podido oír tu risa plateada...
Ningún lugar ocupare de tu mente
en los recuerdos de niñez, mañana...,
bastante con que ahora, atentamente,
me escuches al narrarte el cuento de hadas.

Un cuento dio comienzo en otros días,
cuando el sol arreciaba en el estío;
un sencillo relato que servía
para dar a nuestras bullas aquel ritmo
cuyos ecos aun revive la memoria,
a despecho de los años y el olvido.

Oye, pues, antes que una voz severa
-de amargantes noticias recargada-,
envié a la cama, ¡tan odiada!,
a nuestra melancólica doncella.
Yo soy un niño viejo protestando
por ver cerca la hora del descanso.

Afuera: escarcha, nieve que enceguece,
el viento taciturno en su demencia...
Dentro: las llamas del hogar que mecen
al refugio alegre de la infancia.
Te envuelven las palabras con su magia,
ya no escuchas al viento que estremece.

Y a pesar de que la sombra de un suspiro
pueda temblar en el curso de esta historia,
por "los días primaverales" ya idos
y por la gloria estival, casi olvidada,
no ha de cubrirse con velos de tristeza
el bello placer de nuestro cuento de hadas.

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